En tierra de un solo poeta nace el autor de este blog. Desarrolla una feliz infancia entre la playa de Madrid y el culo de Alicante, comarca también conocida como La Vega Baja. Tierra famosa por sus bancales de limones y alcachofas regadas por un río rico en metales pesados, que se abre paso hasta una playa flanqueada por el “boom” del ladrillo. Terreno que vanagloria sus desfases urbanísticos desde que Jordi Estadella regalara sus apartamentos en el “Un, Dos, Tres”.
En este ambiente, no es de extrañar que lo mejor que podía surgir era un ser terco en palabras y avaro en recursos, que creció sin motivos y vive sin sentido. Ya desde pequeño se afanaba en buscarle una finalidad a las cosas sin obtener resultados. Ahora, de más mayor, sigue buscándole sentido a las cosas, pero ha encontrado un gran aliado en este penoso camino. Así pues, la historia de este autor es una historia de felicidad en el fracaso y fracasos ahogados con cerveza, algo que le provoca felicidad y sobrepeso.
Una época gloriosa de deportes y estudio precedió la entrada al instituto de este ser. Allí conoció las bondades de los caldos nobles y las bebidas espirituosas, el último aliento que le faltaba para terminar de perder el norte. Dentro del caos enocntró algo que amparaba todas sus decisiones: el nihilismo. La justificación de todos sus actos a través de la negación de la superestructura que rige la sociedad le ayudó a mantener la cordura durante la edad del pavo. Mientras la mayoría de chavales hiperhormonados no saben porqué hacen las cosas durante esa etapa tan bonita que es la adolescencia, este, vuestro autor, podía justificar cada una de las estupideces que hacía negando la mayor.
Huk en realidad no es más que el seudónimo de otro de tantos estudiantes que se negaron a gritar “¡Mamá, quiero ser artista!”, por lo que decidió darle cierta base científica a su inutilidad cursando Publicidad y Periodismo. Dos cursos CCC que inspiran los mismos delirios de grandeza que Operación Triunfo, pero con la diferencia primordial de que con los primeros no hace falta bailar y con los segundos no hay estudiosos que acrediten que lo tuyo, en un mundo utópico, tendría cierta validez.