martes 17 de mayo de 2011

Cuatro estaciones

La realidad se coló por su ventana en forma de rayo de sol certero que acertó a colarse justo en su ojo. Despertó, no podía andar sin dar tumbos ya que tenía algo de flojera en las piernas. Se dedicó a vagar por el pasillo con un ritmo que casi le hace romper un espejo y dos de los jarrones que su exmujer calificaba como decorativos. Se lavó la cara con agua muy fria. Tras unos instantes con la respiración entrecortada por los espasmos de la temperatura le llegó el conocimiento de golpe. Al fin acabó con la resaca y pudo ponerse recto y caminar sin dar verguenza ajena. Recorrió el pasillo a la inversa en dirección a su cuarto, iluminado por el sol al fondo. Ya con toda su cordura rompió los dos jarrones de su exmujer, eran horribles.
Se sentó en el borde de la cama e intentó recordar qué le había pasado. Recordaba una rubia, una morena y mucho tequila, pero no acertaba a discernir si formaba parte de la borrachera de ayer o de la película porno de antes de ayer. Prometió no volver a beber tanto y se dirigió hacia la cocina pisando los restos de unos jarrones azul turquesa. El frigorífico estaba vacío y al cerrar la puerta vio un imán publicitando los servicios de comida a domicilio. Eran las siete de la tarde, así que supuso que estarían preparando la cena. Llamó y pidió una pizza cuatro estaciones, ración de patatas y coca cola.

A mitad de la ducha que terminara de despertarle llamaron a la puerta, cogió el albornoz y fue a abrir. Una mujer embutida en cuero negro portaba una pizza en una mano y un casco en la otra. Con un tono imponente preguntó “¿ha pedido usted una pizza muy picante?”. Sobrepasado por lo insinuante del cuero acertó a balbucear algo parecido a “cua...cua...cua...tro estaciones”. La chica lejos de doblegarse preguntó “¿entonces que quieres que haga con esta pizza extra de salami? ¿comérmela?”. Tales insinuaciones atravesaron una mente ya de por sí bloqueada por la resaca que como respuesta solo supo abrir la boca y sacar la lengua por delante de los dientes. La chica continuó diciendo “me he portado mal y merezco un castigo”, acto seguido sacó una fusta y comenzó a golpearse en el trasero con unos ruidos secos que atravesaron el pasillo. Se abrió la puerta del piso de al lado y apareció una chiquilla rubia en camisón preguntando qué era ese escándalo. Al ver la situación y justo cuando pensaba que iba a llamar a la policía se acercó a la pizzera y le preguntó qué le pasaba. Por un orden de cosas que no lograba comprender, una resaca incomprensible se había convertido en una perversión inconcebible. Cerró con un portazo justo cuando la rubia comenzaba a fustigar a la morena. Se dirigió al mueble-bar, bebió al trago media botella de tequila, superó como pudo el escalofrío que le sacudió y se metió en la cama. Hoy no era su día...



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