jueves, 31 de diciembre de 2009
Lo que el fuego se llevó (de la serie "cuentos para estreñir")
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lunes, 28 de diciembre de 2009
La mujer pantera
Al final del beso me separé unos centímetros de su cara pudiendo ver sólo de perfil sus carnosos labios rojos. Sonreí, la felicidad invadió mi cuerpo. Ella simplemente se dio la vuelta y se fue, no sin arañarme antes levemente al llevarse su mano de mi mentón.
Con una cara marcada por una estúpida sonrisa de bobalicón la vi marchar, moviendo un culo ceñido en un pantalón de cuero negro al ritmo que unos tacones de aguja marcaban en el suelo. Antes de doblar la esquina giró el cuello y sin dejar de caminar me gritó: "¡¡que te follen!!".
Al día siguiente la cama se despertó mojada mientras yo seguía soñando. Delante del espejo me lavaba los dientes sin cerrar la boca y manteniendo la misma cara de gilipollas.
Lo sobrenatural de esa noche no fue el hecho de mantuviera un arañazo en mi rostro a pesar de que no saliera de mi casa, ni tan siquiera que hasta en sueños fuera un fracasado. Lo realmente sobrenatural de aquella noche fue que volví a soñar con ella cada día durante el resto de mi vida mientras dedicaba las noches a buscarla por todos los bares de la ciudad.
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domingo, 27 de diciembre de 2009
Ginebra
Recrudece mi lucha por la vida y me rebato argumentos a favor de una vida presumiblemente corta pero feliz o una vejez sana pero apagada.
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viernes, 25 de diciembre de 2009
Gilda (para Kaleidoscopio)
Pasé por el arco de la puerta, tenía una madera sobre ella que había cedido después de tantos años soportando el peso de la casa. La entrada daba a un pasillo que dejaba habitaciones a los lados y desembocaba en un jardín del que se podía intuir que un naranjo de un verde brillante presidía el patio interior. La luz que entraba cegaba la vista al reflejar con el blanco de las paredes. Una típica casa andaluza que debía rondar los tropecientos años. Las grietas de las paredes florecían entre el blanco de la cal recién puesta y parecían contar cientos de historias cuyos finales sólo podían leerse entre las arrugas que poblaban el rostro de Gilda, la propietaria de la casa durante los últimos cincuenta y tantos años.
Unos ojos pequeños se escondían tras unas gafas con montura de pasta translucida y cristal ancho. Destacaban sobre una nariz aguileña que ganaba filo conforme se acercaba a la punta. El arco que se formaba alrededor de las cejas formaba al menos cuatro líneas de arrugas en su frente cuando fruncía el ceño, un gesto que solía hacer cuando no entendía algo. Ese era uno de los gestos que la caracterizaban, ya que la sordera aguda que padecía en el oído izquierdo le dificultaba mucho la comprensión.
Avanzamos por un pasillo impecable hasta la cocina, pude ver que andaba algo encorvada y con las rodillas hacía afuera. Iba apoyándose en las paredes con un gesto que no me dejó claro si se estaba apoyando o si palpaba el camino que debía seguir, usando las manos para verse en la oscuridad que producían las cataratas en sus ojos.
Llegó a la cocina, estanterías de productos frescos rebosaban al fondo, en lo que debía ser una pequeña despensa. La cruzó apoyándose en una mesa blanca que tenía colocada a un lado de los fogones, cogió el calendario que tenía colgado junto al frigorífico y se acercó hasta el fregadero que había justo debajo de la ventana que daba al patio del naranjo. Una vez que tuvo luz suficiente me preguntó que cuándo podíamos empezar con las clases de lectura, contesté que a partir del doce cuando ella quisiera. Me miró por encima de la montura de las gafas y dijo que el mismo doce, asentí con la cabeza. Insistió preguntándome si me parecía bien, le dije que sí y ella terminó con un simple “de acuerdo”. Acto seguido me preguntó si quería tomar algo, tras un gesto negativo automatizado en mi conciencia rechacé por cortesía su invitación. Le dije que debería irme, ella revolvió el frigorífico, sacó una cerveza y volvió a ofrecérmela, “para el camino” añadió, “hace mucho calor”. Volví a rechazarla, tenía prisa por llegar a mi nueva casa y empezar a organizarme todos los cacharros de la mudanza.
Estaba cerca del arco de salida de la cocina, ella se empeñó en acompañarme a la salida, me di la vuelta y salí de la cocina entrando al jardín para dejarla pasar delante, miré a mi alrededor y al fin pude verlo completo. Era poco más grande que la copa del naranjo. Los huecos que quedaban libres en las paredes estaban rellenados con unos geranios que se trenzaban entre las ramas del árbol y los barrotes negros que protegían las ventanas. Estaban plantados en tiestos de cerámicas pintadas de varios colores que colgaban en maceteros de hierro clavados a las paredes. Todo parecía tener cierto orden dentro de una imagen general de arbitrariedad. Era un patio precioso que poseía una luz especial. Los rayos de luz jugaban entre las ramas del naranjo, que distribuía las luces y las sombras dibujando figuras en un suelo de terrazo de la misma forma que las nubes toman formas en el cielo.
Bajo esos tonos de brillos y sombras más o menos nítidos había una mesa de metal con un cristal a modo de tabla. Junto a la mesa dos sillas a juego que tenían en las patas de forja unas cenefas. Las tres piezas recreaban motivos florales que subían desde el suelo. Debajo del cristal se intuía que la mesa dibujaba una alcachofa, en el respaldo de las sillas se perfilaban una granada y una naranja. La mesa estaba anclada al suelo con unos tornillos y presidía todo el espacio que las ramas del naranjo dejaban a la rutinaria vida cotidiana. Tanto la mesa como las sillas tenían un color verdoso del óxido. A simple vista parecían incómodas, ya que carecían de cojines. El único reposo era el frio metal, aunque eran bastante anchas y tenían reposabrazos anchos.
Gilda emprendió el pasillo de vuelta a la salida lentamente, al salir se acercó a la garrafa de agua con la que estaba regando los geranios que cubrían la pared. Todo el frontal de su casa estaba cubierto por una parra que hacía las veces de toldo, ya que abarcaba toda la longitud de la fachada trenzada en unos alambres situados frente a la puerta. Las matas de geranios de varios colores iban salpicando la pared, de un blanco riguroso y ganaban espesor bajo las ventanas, de las cuales caía una cascada de ramas completamente floridas que hacía perder de vista el blanco de la pared.
Una vez cogida la garrafa se dio la vuelta y pronunciando como si tuviera un discurso ensayado me dijo que ella seguía a lo suyo y que el viernes comenzaríamos las clases. Asentí, le di las gracias por todo, ella renegó, la besé en sus agrietadas mejillas y me di la vuelta. Por fin podría llegar a casa y descansar. Me di la vuelta y antes de que diera el primer paso ella dijo en un tono de voz excesivamente alto “¡qué envidia da la gente joven, con tanta energía y un cuerpo que todavía les responde!”.
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jueves, 17 de diciembre de 2009
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