martes, 30 de diciembre de 2008
Para kaleidoscopio
Querida Julia:
Desoyendo las indicaciones de mi psicólogo te escribo esta carta porque nunca te he escrito una. Además he saturado el teléfono, sé que si te llamara no lo cogerías o me contestarías con el típico ladrido de desesperación que te caracteriza. Estoy seguro de que leerás esta carta, puedes haber cambiado, pero sigues siendo la víctima de la curiosidad que yo conocí. Antes de seguir quiero que sepas que este no es otro de mis desesperados intentos por mantenerte cerca de mí. Eso se ha acabado, a partir de que leas estas líneas quiero que sepas que todo ha terminado entre nosotros, aunque a lo mejor algún día te mando una postal y a pesar de todo no me importaría saber de vez en cuando que te va bien.
El otro día me acordé de ti, comprendí a toro pasado como otorgarle significado a tus actos, no los de ahora, sino los de cuando éramos felices. Todo pasó al asomarme a la ventana de mi despacho. Desde ella se puede ver todo el barrio financiero de la ciudad, debes recordarlo ya que fue allí donde te vi por última vez. Es un palco de honor para contemplar la vida diaria como un narrador omnisciente, una forma de afrontar las desgracias ajenas con indiferencia. Un halo de superioridad rodea a todo el que se asoma a esos cristales, aunque en realidad podrían ser espejos. Lo que se ve fuera es lo mismo que fluye entre los pasillos del trabajo, lo mismo que llevamos en la sangre los que negociamos con las necesidades del usuario medio.
Sin darme cuenta recorrí con la vista el horizonte. Kilos y kilos de hormigón se exhibían de forma casi insultante ante mis ojos. Miles de trabajadores recorrían las calles en busca de una forma de ganarse la vida, algo que había acabado siendo su propia vida y la mía por asociación. Fue entonces cuando lo vi, un hombre estaba acostado sobre uno de los cartones que había desechado mi empresa. El gesto de su rostro me provocó un escalofrío, destilaba dolor mientras cientos de importantes ejecutivos pasaban indiferentes a su lado. Me quedé hipnotizado con su presencia y decidí dedicarle mi mañana. Estuve una media hora sin poder apartar la vista de su expresión. Es curioso, era el mismo mendigo al que ignoro cada mañana después del café.
A media mañana entró el encargado de personal a mi despacho para comunicarme que la dirección quería tener una entrevista conmigo. Le pregunté si sabía que es lo que querían de mí y fue entonces cuando me dijo que pensaban despedirme. Cuando le pregunté cuánto me quedaba me dijo fríamente “tres meses”. Era un tipo franco. En ningún momento titubeó, su expresión era acorde a la solemnidad del momento y sólo cuando le pedí que mirara el mendigo de la calle relajó el tono de sus palabras. Hacía muy bien su trabajo, era un gran profesional. Cobraba por mantenerse sereno en los momentos en que otros se reblandecen. Se colocó a mi lado y le señalé la dirección en la que se encontraba. Lo miró y murmuró que había que hacer algo con él. Se dio la vuelta y salió de mi despacho acabando con una situación que era igual de incómoda para los dos.
Pasaron diez minutos, justo cuando iba a salir de mi despacho camino de la sala de juntas para determinar las condiciones de mi despido vi que unos policías se acercaban al hombre, que seguía tirado sobre los cartones. Comprobaron su estado y se lo llevaron en el coche. En la puerta de la sala de juntas volví a ver al encargado de personal, me preguntó si se habían llevado ya al mendigo. Le contesté que sí y pregunté si él había llamado a la policía. Me miró a los ojos y contestó de forma tajante “pues claro, no nos gastamos miles de euros en publicidad para que ahora venga ese tipejo a espantarnos la clientela”. Le pregunté si no habría sido mejor llamar a una ambulancia, ese hombre no necesitaba justicia, sino asistencia médica. Ante esta disyuntiva el encargado sólo alegó que no quería montar un espectáculo, que la policía lo cuidará bien. Para eso cobran.
Una vez leí en uno de tus libros que la vida está dividida en dos clases de personas, las que piensas cosas y las que las hacen. Yo me he dedicado a pensar cómo sobreviviríamos mientras tú te has dedicado a sobrevivirme. Al igual que con el mendigo, tú has hecho las cosas que yo sólo me he atrevido a mirar. Eso es precisamente lo que nunca he sabido ver. Toda mi vida ha girado en torno a ti mientras no he dejado de pensar en el trabajo. Cuando me pedias un beso no era para conseguir dinero, cuando me abrazabas por las noches no tenías frio, cuando me mirabas fijamente durante horas no querías verme. Ahora sé que sólo yo viví atascado por el fetichismo, enfrascado en la necesidad de darle valores a lo que carece de ellos. Te perdí por un trabajo al que me hice adicto en una espiral de valores, yo quería dártelo todo, para ello trabajaba, hasta que llegó un momento en el que me atrapó de tal manera que dejé de vivir en ti para vivir sólo conmigo, encerrado en una espiral fetichista y autodestructiva en todo lo referido a la razón.
Nunca he sabido reaccionar. He vivido en un falso directo en el que todo representaba lo que yo valoraba, aunque lo valoraba en función de criterios ajenos a mi propia vida, ajenos a mí. Hasta que no he sentido el calor del asfalto no he valorado la limosna, hasta que no me dijiste que te ibas no supe lo que querías y hasta que no perdí el trabajo no supe cuál era el verdadero precio de las palabras, de las caricias, de las mañanas de placer y las noches de lujuria. El precio de mis pecados.
Nunca acabaría esta carta con un punto final…
Desoyendo las indicaciones de mi psicólogo te escribo esta carta porque nunca te he escrito una. Además he saturado el teléfono, sé que si te llamara no lo cogerías o me contestarías con el típico ladrido de desesperación que te caracteriza. Estoy seguro de que leerás esta carta, puedes haber cambiado, pero sigues siendo la víctima de la curiosidad que yo conocí. Antes de seguir quiero que sepas que este no es otro de mis desesperados intentos por mantenerte cerca de mí. Eso se ha acabado, a partir de que leas estas líneas quiero que sepas que todo ha terminado entre nosotros, aunque a lo mejor algún día te mando una postal y a pesar de todo no me importaría saber de vez en cuando que te va bien.
El otro día me acordé de ti, comprendí a toro pasado como otorgarle significado a tus actos, no los de ahora, sino los de cuando éramos felices. Todo pasó al asomarme a la ventana de mi despacho. Desde ella se puede ver todo el barrio financiero de la ciudad, debes recordarlo ya que fue allí donde te vi por última vez. Es un palco de honor para contemplar la vida diaria como un narrador omnisciente, una forma de afrontar las desgracias ajenas con indiferencia. Un halo de superioridad rodea a todo el que se asoma a esos cristales, aunque en realidad podrían ser espejos. Lo que se ve fuera es lo mismo que fluye entre los pasillos del trabajo, lo mismo que llevamos en la sangre los que negociamos con las necesidades del usuario medio.
Sin darme cuenta recorrí con la vista el horizonte. Kilos y kilos de hormigón se exhibían de forma casi insultante ante mis ojos. Miles de trabajadores recorrían las calles en busca de una forma de ganarse la vida, algo que había acabado siendo su propia vida y la mía por asociación. Fue entonces cuando lo vi, un hombre estaba acostado sobre uno de los cartones que había desechado mi empresa. El gesto de su rostro me provocó un escalofrío, destilaba dolor mientras cientos de importantes ejecutivos pasaban indiferentes a su lado. Me quedé hipnotizado con su presencia y decidí dedicarle mi mañana. Estuve una media hora sin poder apartar la vista de su expresión. Es curioso, era el mismo mendigo al que ignoro cada mañana después del café.
A media mañana entró el encargado de personal a mi despacho para comunicarme que la dirección quería tener una entrevista conmigo. Le pregunté si sabía que es lo que querían de mí y fue entonces cuando me dijo que pensaban despedirme. Cuando le pregunté cuánto me quedaba me dijo fríamente “tres meses”. Era un tipo franco. En ningún momento titubeó, su expresión era acorde a la solemnidad del momento y sólo cuando le pedí que mirara el mendigo de la calle relajó el tono de sus palabras. Hacía muy bien su trabajo, era un gran profesional. Cobraba por mantenerse sereno en los momentos en que otros se reblandecen. Se colocó a mi lado y le señalé la dirección en la que se encontraba. Lo miró y murmuró que había que hacer algo con él. Se dio la vuelta y salió de mi despacho acabando con una situación que era igual de incómoda para los dos.
Pasaron diez minutos, justo cuando iba a salir de mi despacho camino de la sala de juntas para determinar las condiciones de mi despido vi que unos policías se acercaban al hombre, que seguía tirado sobre los cartones. Comprobaron su estado y se lo llevaron en el coche. En la puerta de la sala de juntas volví a ver al encargado de personal, me preguntó si se habían llevado ya al mendigo. Le contesté que sí y pregunté si él había llamado a la policía. Me miró a los ojos y contestó de forma tajante “pues claro, no nos gastamos miles de euros en publicidad para que ahora venga ese tipejo a espantarnos la clientela”. Le pregunté si no habría sido mejor llamar a una ambulancia, ese hombre no necesitaba justicia, sino asistencia médica. Ante esta disyuntiva el encargado sólo alegó que no quería montar un espectáculo, que la policía lo cuidará bien. Para eso cobran.
Una vez leí en uno de tus libros que la vida está dividida en dos clases de personas, las que piensas cosas y las que las hacen. Yo me he dedicado a pensar cómo sobreviviríamos mientras tú te has dedicado a sobrevivirme. Al igual que con el mendigo, tú has hecho las cosas que yo sólo me he atrevido a mirar. Eso es precisamente lo que nunca he sabido ver. Toda mi vida ha girado en torno a ti mientras no he dejado de pensar en el trabajo. Cuando me pedias un beso no era para conseguir dinero, cuando me abrazabas por las noches no tenías frio, cuando me mirabas fijamente durante horas no querías verme. Ahora sé que sólo yo viví atascado por el fetichismo, enfrascado en la necesidad de darle valores a lo que carece de ellos. Te perdí por un trabajo al que me hice adicto en una espiral de valores, yo quería dártelo todo, para ello trabajaba, hasta que llegó un momento en el que me atrapó de tal manera que dejé de vivir en ti para vivir sólo conmigo, encerrado en una espiral fetichista y autodestructiva en todo lo referido a la razón.
Nunca he sabido reaccionar. He vivido en un falso directo en el que todo representaba lo que yo valoraba, aunque lo valoraba en función de criterios ajenos a mi propia vida, ajenos a mí. Hasta que no he sentido el calor del asfalto no he valorado la limosna, hasta que no me dijiste que te ibas no supe lo que querías y hasta que no perdí el trabajo no supe cuál era el verdadero precio de las palabras, de las caricias, de las mañanas de placer y las noches de lujuria. El precio de mis pecados.
Nunca acabaría esta carta con un punto final…
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¿si sigo repitiéndolo acabaré por creérmelo?
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martes, 16 de diciembre de 2008
Llora
Llora, pues no hay nada en tu mirada que connote estabilidad, nada llama al futuro ni a la calma, nada te aguarda entre tus ojos y tu destino. Te engañas si piensas que el tiempo lo cura todo, que todo pasa, que la solución está en dejarlo todo rodar. Mientes por no llorar, sueñas por no afrontar una realidad que te aplasta entre los adoquines que nos ocultaban la playa y que ahora te empujan hacia el fondo del mar de penas que sólo tu puedes entender, al mar de penas que nace con las lágrimas de tu mirada.
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viernes, 12 de diciembre de 2008
Yo fui
Sí, yo fui ese. Fui yo quien soñó con tu piel, quien se masturbaba con tu sonrisa y quien te acariciaba desde la lejanía. Yo fui el que te invitó a cenar, yo te acaricié por debajo de la falda mientras pedías los postres y te llevé al cine después. Allí te besé, busqué tus manos mientras el bueno de la película se quitaba la camiseta y cubrí tu rostro mientras el malo se desangraba. Fui yo quien te llevó de copas esa noche por todas las discotecas de Madrid sin escatimar un solo euro en cubatas ni entradas. Yo pagué el taxi que te llevo de vuelta a casa, a mi casa, ya que no podías mantenerte en pie y yo te metí en la cama y te arropé para que no pasaras frío. Y ahora soy yo quien se masturba con tu piel y sueña con tu sonrisa mientras te acaricio desde la esquina que me has dejado en mi cama.
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lunes, 1 de diciembre de 2008
Misoginia??
¿Pero no te das cuenta de que eso es comprar el amor? cada vez que sacas la cartera no estas haciendo nada que no sea pagar por sus besos, indagar cuanto necesitas para poseerla. Compras su conciencia en cada detalle y mientras sigas por ese camino nunca se conformaran. Cada vez que vuelvas a verla te pedirá más, siempre más. Nunca se conformará con lo que tiene en frente y seguirá buscando salidas para mantenerte cerca. Hoy son cosas pequeñas, detalles, pero mañana no se conformará con golosinas y seguirá pidiendo hasta que no puedas ni siquiera mantener tu hipoteca. No lo dudes y hazme caso, nunca vuelvas a invitar a una mujer a un chupito.
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