Vamos por partes...

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martes 9 de febrero de 2010

¿ A dónde vas?


¿Cómo no incluir este temazo como himno de este estúpido blog?
¿A dónde vas? Pregunta, Patatas traigo...respondo. Y es que este nimio proyecto cada día tiene más seguidores y más visitas, algo que me desconcierta, ya que se suponía que tenía cierta intimidad en la inmensidad de un océano y sin embargo cada vez me siento más bien como un naufrago en una isla, observado por propios y ajenos. Más que un Di Caprio berreando en la intimidad de la cubierta del Titanic me siento como un Tom Hanks hablándole a unos cuantos Mr Wilsons.
Esto toma una forma cambiante, cada día lo veo de una manera diferente y cada nuevo seguidor me empuja y me bloquea.
Es todo un orgullo ver que hay alguien a quien le gusta lo que escribo y todo un honor poder compartir todas estas locuras que me pasan por la cabeza. Por que en el fondo esto no es más que un catalizador, y una forma de ver y hacer las cosas que me conforma y me ayuda a hacer algo que me gusta.
Creo que es de recibo agradeceros a todos el simple apoyo que me dais, las oportunidades que me brindáis de no hablarle a una pared y el ego que me provoca saberme seguido. Probablemente sea una estupidez, un simple clic en una página llamativa, pero para mí es todo un honor y es lo último que me queda.
No me gusta hablar de mi en estos lares, pero la ocasión lo merece...

lunes 8 de febrero de 2010

Otra cosa

Se arañaban los labios entre besos que cantaban algo más que una simple noche de recuerdos. Se acariciaban como la primera vez que se vieron. Sonreían como cuando eran demasiado niños para amarse y demasiado hombres para sonrojarse por una estupidez como un simple beso. En esa noche el humo del tabaco olía como entonces y filtraba la luz de las farolas, que se enredaba entre las franjas de la persiana y cogía un tono azul igual de insano que de excitante.
Volvía la risa nerviosa y los movimientos desesperados que se chocaban entre la oscuridad que habita debajo de las mantas. Volvían a retomar esa química extraña que siempre les acompaño en la cama. En ese momento sonó el móvil. Quizá esa noche no pudo salir el sol, pero ya saldría al día siguiente por la mañana.

domingo 7 de febrero de 2010

A malas

Sonreía mientras le escupían en la cara, mientras le daban patadas en los huevos, al arrancarle uno a uno los pelos de las pestañas y cuando le clavaron un sacacorchos en las dos rodillas. Seguía feliz mientras le golpeaban la cabeza con un bate, durante los dos años que estuvo encarcelado injustamente y mientras le daban descargas de varios miles de voltios en el pubis.
Le arrancaron las orejas con una navaja suiza, le metieron alfileres entre las uñas y le obligaron a alimentarse con su propia orina mientras sus dientes brillaban flamantes en un gesto de felicidad.
Varios años de torturas después se les ocurrió preguntarle de qué se reía, a lo que contestó:
- Estoy a punto de cabrearme, y vosotros a malas no me conocéis...

lunes 1 de febrero de 2010

Una historia real

No recuerdo muy bien como empezaba la historia, no sé si el protagonista era constructor o concejal de urbanismo o algo de eso. El caso es que el hombre se enteró de que iban a recalificar unos terrenos allá por 1994, así que se fió del soplo y gastó diez veces más de lo que tenía en comprar una parcela que al final resultó estar dentro del Plan de Ordenación Urbano, así que se forró.
Con el dinero que sacó se fue a otro ayuntamiento y sobornó a un concejal que le ayudó a vender una herencia que tenía por allí. La cuestión es que en cuatro años entre sobornos y pelotazos el hombre se había hecho de oro.
Guardaba todo el dinero que ganaba bajo su cama, no quería tener que pagar impuestos, así que lo metía todo bajo el colchón. Cada vez compraba más camas y más grandes para poder meter más y más billetes.
Un buen día, sin venir a cuento, el hombre comenzó a sudar sangre. No paraba de chorrear ese líquido rojo y viscoso. Al principio no sabía que hacer, el papel higiénico se deshacía al contacto con el líquido al igual que el papel de cocina y el algodón. Tras haber agotado todas las posibilidades coherentes de paliar esa extraña enfermedad, comprobó que usando un billete si podía limpiar temporalmente la sangre. Al ser un papel más compacto que el de cocina recogía mejor ese extraño sudor.
Se fue corriendo a su médico de confianza con un fajo de billetes en el bolsillo y cada doscientos metros se restregaba uno por la cara. Los billetes quedaban inservibles después de eso, así que los tiraba. Cuando llegó, el médico le dijo que estaba pasando una crisis, que para dejar de sudar debería reorientar sus inversiones.
- ¡Pero si yo sólo sé levantar tabiques! ¿Dónde voy a invertir ahora- dijo el pobre empresario algo nervioso, pues veía que sudaría sangre el resto de sus días.
- Hay un sector en auge, pero todavía está en fase experimental, podría ser un remedio... - dijo el médico intentando calmar a su paciente.
- ¡Dígame cual es, por favor!, ¡para eso le pago!
- No se impaciente y escúcheme, tengo entendido que ahora las energías renovables son lo que se lleva, que las empresas hidroeléctricas están obligadas a comprar el 100% de tu producción, así que son todo beneficios...

Tras mantener esta conversación, el constructor se convirtió en inversor y al día siguiente habló con un amigo suyo, que le instaló, en un terrenito que nadie le quiso comprar, varias decenas de placas solares. El precio fue bastante alto, pero el constructor confiaba ciegamente en el consejo del médico, pues para eso había estudiado. Además, él mismo recordaba que construyó su imperio partiendo del consejo de un amigo influyente.
Pues bien, al cabo de un mes se plantó en el terreno con la idea de recoger una ingente cantidad de dinero, sin embargo, cuando echó cuentas llegó a la conclusión de que tardaría un lustro en amortizar su inversión inicial. Tras conocer estos datos, si bien ya no sudaba tanta sangre, si que le seguían surgiendo unos hilitos de vez en cuando.

Cabreado y sintiéndose estafado fue corriendo al médico a pedirle explicaciones, le explicó lo que tardaría en obtener beneficios, le dijo que a ese ritmo tardaría años en volver a ver rebosar billetes en los faldones de sus cama e indignado le reclamó una parte de la inversión.
El médico se vio abrumado por el ímpetu negociante del paciente y intentó restarle importancia, le dijo que tenía escuchado que el gobierno central del reino iba a subvencionar parte de la instalación de ese tipo de energías, así pues, sólo tendría que inflar los presupuestos de instalación y esperar a que la iniciativa pública le pagara una parte de su inversión.

Allá estuvo nuestro querido magnate, esperando mientras chorretes de sangre le caían por la cara, le estropeaban los trajes y le destrozaban la tapicería del coche. Pasó un mes tras otro comprándose a diario trajes y coches nuevos y pagando unos camiones de mudanza que se llevaban las camas, que iban perdiendo su sentido mientras adelgazaba su fortuna.
Hasta que un buen día se plantó en la consulta del médico, lo cogió por la pechera y le amenazó de muerte si no recuperaba su fortuna.
El médico, al verse acorralado le explicó que el gobierno ahora tenía déficit, por lo que no podía invertir en ese tipo de negocio.
- Pero si las energías renovables son de interés público- alegó el ingenuo empresario.
- No- constató el médico- de interés público son las cadenas de televisión y sus partidos de fútbol, los circuitos de Fórmula 1, los parques de atracciones, la jubilación a los 67 y la privatización de la sanidad. Las energías renovables sólo sirven al interés público cuando hay una cumbre sobre el clima o cuando sale por la tele un documental contra el cambio climático.
- Pero, ¿entonces que voy a hacer? Cómo siga ganando dinero a este ritmo pronto no podré limpiarme la cara con billetes de 500 euros ni cambiar de traje cada día. ¿Qué va a ser de mí?
- Pues yo le recomendaría que mantuviera su dinero bajo la cama, siga comprando propiedades ahora que están baratas y en un futuro no muy lejano seguro que vuelve a subir el precio del ladrillo y podrá usted volver a hacer lo que mejor sabe...
Dicho esto el hombre se encerró en su casa y vigiló su fortuna mientras cada día le caían chorros de sangre más y más pronunciados. Los últimos días casi eran cataratas.

Diez años después, un buen día un vendedor de casas lo encontró casi desecho al lado de su cama. Había gastado toda su fortuna en mantenerse con la esperanza de que la crisis pasara sola, pero la crisis nunca pasó y él esperó y esperó hasta que gastó toda su fortuna y su cuerpo se deshizo...

viernes 29 de enero de 2010

En la noche


Hoy en día todos tenemos algo de lo que quejarnos, pero pensar ante todo que esta es la noche en que la luna se verá más grande este año. Mirarla fijamente, disfrutarla en algún sitio oscuro, cómodo o solitario y pensar cómo se verían vuestros problemas desde ahí arriba...




¿Te doy mis ojos?

A veces le gustaba mirarse desde fuera. Imaginaba que tenía sus propios ojos frente a él mirándole, se observaba a si mismo y se gustaba. Ponía las mismas caras que la gente suele poner delante de un espejo, metía barriga, sacaba pecho y forzaba un gesto seductor para verse lo más atractivo posible. Se sonreía, gesticulaba como un tipo duro y llegaba a amenazarse. Se miraba por delante, por detrás, desde abajo y en plano cenital. Inmediatamente se sentía estúpido.
Era patético, la mayor parte de la gente acusa al espejo de engañarle mientras que él se engañaba a si mismo. No era un tipo duro, no podría amenazarse ni a si mismo ya que hasta él se daba miedo. Sumido en una depresión se acostaba, hasta que a la mañana siguiente se levantaba y recorría el pasillo que le llevaba hasta el espejo que le hacía feliz, ya que nunca le mentiría y en caso de hacerlo podría conformarse con romperlo.

miércoles 27 de enero de 2010

Intimidades

Me da miedo la impunidad de quienes viven pegados al acelerador y la temeridad de quienes se aferran al quitamiedos. Me asustan quienes viven del teléfono y quienes lo abandonan, los que abogan por la intensidad en el filo de la navaja y los que temen cerrar la puerta de su casa desde fuera, quien se quema y quien se hiela, los que viven encerrados y los que viven desatados.
La mediocridad es el camino y aún así tengo miedo de desviarme de esa línea que me lleva al fracaso, esa línea recta que sólo tus curvas puede moldear. Sólo tú me das el aliento para frenarme en los descansillos que me ofrece la monotonía, la pérdida de la fe y la búsqueda de un Santo Grial que comienza cada día. Tu sonrisa intimida a la ignorancia del destino. Ahora no sé donde voy, pero sé que soy feliz.