No recuerdo muy bien como empezaba la historia, no sé si el protagonista era constructor o concejal de urbanismo o algo de eso. El caso es que el hombre se enteró de que iban a recalificar unos terrenos allá por 1994, así que se fió del soplo y gastó diez veces más de lo que tenía en comprar una parcela que al final resultó estar dentro del Plan de Ordenación Urbano, así que se forró.
Con el dinero que sacó se fue a otro ayuntamiento y sobornó a un concejal que le ayudó a vender una herencia que tenía por allí. La cuestión es que en cuatro años entre sobornos y pelotazos el hombre se había hecho de oro.
Guardaba todo el dinero que ganaba bajo su cama, no quería tener que pagar impuestos, así que lo metía todo bajo el colchón. Cada vez compraba más camas y más grandes para poder meter más y más billetes.
Un buen día, sin venir a cuento, el hombre comenzó a sudar sangre. No paraba de chorrear ese líquido rojo y viscoso. Al principio no sabía que hacer, el papel higiénico se deshacía al contacto con el líquido al igual que el papel de cocina y el algodón. Tras haber agotado todas las posibilidades coherentes de paliar esa extraña enfermedad, comprobó que usando un billete si podía limpiar temporalmente la sangre. Al ser un papel más compacto que el de cocina recogía mejor ese extraño sudor.
Se fue corriendo a su médico de confianza con un fajo de billetes en el bolsillo y cada doscientos metros se restregaba uno por la cara. Los billetes quedaban inservibles después de eso, así que los tiraba. Cuando llegó, el médico le dijo que estaba pasando una crisis, que para dejar de sudar debería reorientar sus inversiones.
- ¡Pero si yo sólo sé levantar tabiques! ¿Dónde voy a invertir ahora- dijo el pobre empresario algo nervioso, pues veía que sudaría sangre el resto de sus días.
- Hay un sector en auge, pero todavía está en fase experimental, podría ser un remedio... - dijo el médico intentando calmar a su paciente.
- ¡Dígame cual es, por favor!, ¡para eso le pago!
- No se impaciente y escúcheme, tengo entendido que ahora las energías renovables son lo que se lleva, que las empresas hidroeléctricas están obligadas a comprar el 100% de tu producción, así que son todo beneficios...
Tras mantener esta conversación, el constructor se convirtió en inversor y al día siguiente habló con un amigo suyo, que le instaló, en un terrenito que nadie le quiso comprar, varias decenas de placas solares. El precio fue bastante alto, pero el constructor confiaba ciegamente en el consejo del médico, pues para eso había estudiado. Además, él mismo recordaba que construyó su imperio partiendo del consejo de un amigo influyente.
Pues bien, al cabo de un mes se plantó en el terreno con la idea de recoger una ingente cantidad de dinero, sin embargo, cuando echó cuentas llegó a la conclusión de que tardaría un lustro en amortizar su inversión inicial. Tras conocer estos datos, si bien ya no sudaba tanta sangre, si que le seguían surgiendo unos hilitos de vez en cuando.
Cabreado y sintiéndose estafado fue corriendo al médico a pedirle explicaciones, le explicó lo que tardaría en obtener beneficios, le dijo que a ese ritmo tardaría años en volver a ver rebosar billetes en los faldones de sus cama e indignado le reclamó una parte de la inversión.
El médico se vio abrumado por el ímpetu negociante del paciente y intentó restarle importancia, le dijo que tenía escuchado que el gobierno central del reino iba a subvencionar parte de la instalación de ese tipo de energías, así pues, sólo tendría que inflar los presupuestos de instalación y esperar a que la iniciativa pública le pagara una parte de su inversión.
Allá estuvo nuestro querido magnate, esperando mientras chorretes de sangre le caían por la cara, le estropeaban los trajes y le destrozaban la tapicería del coche. Pasó un mes tras otro comprándose a diario trajes y coches nuevos y pagando unos camiones de mudanza que se llevaban las camas, que iban perdiendo su sentido mientras adelgazaba su fortuna.
Hasta que un buen día se plantó en la consulta del médico, lo cogió por la pechera y le amenazó de muerte si no recuperaba su fortuna.
El médico, al verse acorralado le explicó que el gobierno ahora tenía déficit, por lo que no podía invertir en ese tipo de negocio.
- Pero si las energías renovables son de interés público- alegó el ingenuo empresario.
- No- constató el médico- de interés público son las cadenas de televisión y sus partidos de fútbol, los circuitos de Fórmula 1, los parques de atracciones, la jubilación a los 67 y la privatización de la sanidad. Las energías renovables sólo sirven al interés público cuando hay una cumbre sobre el clima o cuando sale por la tele un documental contra el cambio climático.
- Pero, ¿entonces que voy a hacer? Cómo siga ganando dinero a este ritmo pronto no podré limpiarme la cara con billetes de 500 euros ni cambiar de traje cada día. ¿Qué va a ser de mí?
- Pues yo le recomendaría que mantuviera su dinero bajo la cama, siga comprando propiedades ahora que están baratas y en un futuro no muy lejano seguro que vuelve a subir el precio del ladrillo y podrá usted volver a hacer lo que mejor sabe...
Dicho esto el hombre se encerró en su casa y vigiló su fortuna mientras cada día le caían chorros de sangre más y más pronunciados. Los últimos días casi eran cataratas.
Diez años después, un buen día un vendedor de casas lo encontró casi desecho al lado de su cama. Había gastado toda su fortuna en mantenerse con la esperanza de que la crisis pasara sola, pero la crisis nunca pasó y él esperó y esperó hasta que gastó toda su fortuna y su cuerpo se deshizo...